En
la Biblia se usa generalmente en el sentido de la conciencia moral, el
sentimiento del bien y del mal, el conocimiento íntimo de nuestra condición
espiritual (Ro. 2:13–15). El Espíritu Santo la ilumina; Cristo la purifica (Ro.
9:1; He. 9:15; 1 P. 3:21). Es deber servir a Dios con una conciencia pura (2
Co. 1:12; 2 Ti. 1:3). La Biblia señala tres estados principales de conciencia:
1) El de corrupción (Sal. 10:4; Jn. 3:19; Tit. 1:15; He. 6:4–6). 2) El de
alucinación (Job 27:5; Is. 5:20; Jn. 5:45; 1 Co. 8:7–12). 3) El normal (Hch.
24:16; Ro. 9:1; 1 Ti. 1:15, 19; He. 13:18; 1 P. 3:6)
La
conciencia es un testigo dentro del hombre que le ordena hacer lo que él
considera correcto y no hacer lo que cree incorrecto. La conciencia no nos
enseña lo que está bien o mal, pero nos estimula a hacer lo que se nos ha
enseñado que es lo justo. Uno puede obrar mal en buena conciencia porque ha
sido mal informado en cuanto a lo bueno y lo malo (Hechos 23:1).
La
palabra conciencia aparece sólo en el Nuevo Testamento. Las funciones de la
conciencia se le asignan al corazón en el Antiguo Testamento (e.g., 1 Samuel
24:5; Job 27:6). En el Nuevo Testamento se emplea conciencia con más frecuencia
en los escritos de Pablo (Juan usa la palabra corazón, como en 1 Juan 3:19–21).
La
conciencia de una persona no salvada puede ser una guía buena (Juan 8:9;
Romanos 2:15), o puede no serlo aunque parezca que está guiando correctamente
(Hecho 23:1; 1 Timoteo 4:2; Tito 1:15; Hebreos 10:22). La conciencia se puede
comparar a unos frenos defectuosos en un automóvil. Puede que hagan su trabajo
en algunas ocasiones, pero no se puede contar con ellos.
La
conciencia del cristiano lo estimula a hacer lo recto en las varias relaciones
de la vida. (1) Lo anima a obedecer al gobierno bajo el cual vive (Romanos
13:5). (2) Le dice que tolere a un jefe injusto (1 Pedro 2:19). (3) La
conciencia de un hermano débil, la cual no le permite comer carne sacrificada a
los ídolos, debe ser respetada por el hermano más fuerte (1 Corintios 8:7, 10,
12). (4) La conciencia puede llamarse a testificar de la profundidad y realidad
de una dedicación espiritual (Romanos 9:1; 2 Corintios 1:12; 4:2).